Avatar
Vista desde nuestro oficio, la nueva película de Cameron es ante un apasionante hito tecnológico: 4.300 servidores HP ProLiant con Linux, con sus 40.000 procesadores echando humo (con refrigeración por agua) y 104 terabytes de memoria RAM, puestos al servicio de una obra de arte. Y con el valor añadido de que las aplicaciones que se han usado, Adobe Photoshop, Premiere, Effects, etc. son esencialmente las mismas que tenemos muchos usuarios en nuestros escritorios.
Naturalmente nadie discute sus logros en el campo del 3D y los efectos especiales. Lo que en general se cuestiona es la liviandad del argumento. “Un cuento de hadas”, decía un espectador al salir el día del estreno. No estoy de acuerdo. Es verdad que a pesar de su brillantez técnica, Avatar nunca alcanzará a un 2001, una Odisea del espacio, ni a Blade Runner, por citar dos películas de culto, que a bote pronto me vienen ahora a la memoria. Pero aunque sea un cuento de hadas, el argumento de la película recién estrenada no es peor que el que nos escriben los guionistas de nuestra realidad cotidiana.
El escenario real en el que transcurre la acción (nuestras vidas de profesionales) se adentra en esta segunda década del siglo XXI. Parece que fue ayer cuando nos marchamos del anterior, el XX, ese siglo terrible en el que la tecnología progresó más que en ningún otro anterior y en el que a cambio las guerras industriales hicieron las carnicerías más masivas de la Historia. Y, sí, parece que fue ayer pero ¿recuerdan? ya han pasado 20 años desde que vivimos la fiebre del efecto 2000.
Los pronósticos milenaristas catastróficos afortunadamente quedaron en cuento de hadas, en este caso gracias a los trabajos de adaptación de los sistemas. Después continuamos trabajando para adaptar la contabilidad al euro, la divisa única, que ha traído grandes ventajas y muchos disgustos, especialmente a las economías más desfavorecidas. Pero la esperada secuencia de los guionistas -Efecto 2YK, euro y comercio electrónico- falló en su tercera fase. La eclosión del comercio electrónico esperada para principios de siglo falló porque después de una década de imparable crecimiento la burbuja tecnológica pinchó a finales de 2000. Y el atentado a las Torres Gemelas nos acabó de despertar de todo lo que queda de aquel dulce sueño dorado, aquel nuevo cuento de hadas lleno de portadas dedicadas a jóvenes genios multimillonarios con piscina en las Vegas.
Después nos sorprendimos viendo entrar en la cárcel a destacados directivos de multinacionales rutilantes. Se nos dijo que sin regulaciones claras los tahúres que jugaban con las cartas marcadas se hacían con todas las fichas del juego. El capitalismo estaba en peligro si lo estaban los accionistas, así que tuvimos que aprender -para evitarlas- las técnicas que usaban los núcleos de directivos sin ética corporativa para enmascarar sus prácticas. Tuvimos que entrenarnos también para que nuestros sistemas fueran compatibles con los nuevos mecanismos de transparencia. Inmediatamente nuestros compañeros de comunicación comenzaron a hablar de responsabilidad corporativa y e incluso los ejecutivos más agresivos comenzaron a atender a este frente. Ahora estaban predispuestos a aceptar algo tan parecido a un nuevo cuento de hadas porque ya venían de sus MBA mentalizados.
Poco a poco retornó la confianza y el mercado remontó el vuelo, recuperó el músculo de la década de los 90 (que en definitiva fue la década en la que se cebó la máquina del oxígeno que con la que hoy ese eleva el Internet ubérrimo y libre). Ejercicio a ejercicio recuperamos el crecimiento y el desarrollo tecnológico dio nuevas alas a la competitividad, tan amenazada en los 90.
En esta nueva primavera de las mil flores la industria rompió los corsés que la aprisionaban y un nuevo universo de creatividad invadió el mercado. Nuevas empresas demostraron que lo improbable era posible y el mercado fue literalmente arrasado por conceptos que ahora llenaban nuestras agendas: contenidos, gratuidad, colaboración, software abierto, aplicaciones en línea, outsourcing, grid computing, movilidad, virtualización…
El decorado tecnológico y el decorado de negocio se acercaban hasta formar un sólo escenario, complejo, nervioso, global, ultracompetitivo. El cliente asistía fascinado y nosotros los actores recibíamos algunos de los aplausos sobrantes de la ovación que se llevaban los verdaderos protagonistas, los grandes teóricos de la nueva realidad tecnológico-democrática, que iba a dar todo el poder a los usuarios, unidos en sus redes.
Pero en medio de la expectación y el entusiasmo general, cuando apenas habíamos tenido tiempo para sosegarnos y el cuento de hadas empezaba a parecer real, los guionistas optaron por un giro dramático y en 2008 los mercados se derrumbaron. Una vez más las seguridades desaparecieron, sustituidas por incógnitas realmente preocupantes.
Avatar, que no en vano funciona en Linux, es una prueba más de que cuentos de hadas, como las profecías de la ciencia ficción, se readaptan a las nuevas tecnologías. Y esto no está reñido con el arte. El verdadero problema es que los espectadores descubran las similitudes con su mundo real. En la película de James Cameron lo malos, egoístas y rapaces, proceden de un planeta moribundo. Es el nuestro, aunque en el futuro. De momento, en este tránsito de la primera a la segunda década del siglo XXI, los Estados siguen incapaces de tomar medidas para salvaguardar el medio ambiente. Y al amparo de la crisis económica regresan el paro, la miseria, la violencia y las enfermedades. Y la guinda es la corrupción, con escándalos que se suceden con todo su potencial corrosivo e hipócrita. Así que el guión de las dos últimas décadas, ¿no es también en cierta manera un cuento de hadas?
Mientras tanto, en el patio de butacas, los espectadores invitados por Adobe al estreno de Avatar contemplan la pantalla desde sus gafas especiales para 3D, mientras degluten su ración gigante de palomitas y sorben de su insondable depósito de Coca Cola. La nave va. No sabemos hacia dónde, pero va.
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